¿Por qué Estados Unidos estuvo alimentando las protestas del 15 de noviembre en Cuba?

Marcha en apoyo de la revolución. Foto: Bill Hackwell

El 20 de septiembre, comenzaron a llegar cartas a ocho sedes de los Gobiernos municipales o provinciales de Cuba, en las que se anunciaba la celebración de marchas “pacíficas” durante el 15 de noviembre, convocadas por un grupo llamado Archipiélago. La justificación de estas marchas era exigir “un cambio”, así, sin apellidos. La carta no era una petición formal para ocupar las calles más concurridas de algunas ciudades, sino la notificación de que lo harían y el reclamo de protección de las autoridades. En virtud de la ley y del obsesivo apoyo estadounidense, el Gobierno de Cuba dijo no.

Han transcurrido casi dos meses y son escasos los indicios de que la marcha ocurrirá en algún espacio físico en Cuba. La maquinaria propagandística de Florida asegura todo lo contrario y añade que marchas similares se replicarán en un centenar de ciudades, la tercera parte en territorio estadounidense.

El 10 de noviembre, el canciller cubano Bruno Rodríguez intervino ante el cuerpo diplomático acreditado en La Habana y declaró que el Gobierno de Cuba “no va a tolerar una marcha de la oposición”, añadiendo que “Cuba nunca permitirá acciones de un Gobierno extranjero en nuestro territorio, intentando desestabilizar el país”, refiriéndose al apoyo estadounidense a las marchas. La provocación sigue el esquema visto muchas veces antes. Mientras tanto, esta marcha, programada para el 15 de noviembre, no es lo que muchos esperan que sea: un movimiento por el cambio en Cuba.

La marcha no es autónoma

El 22 de septiembre, dos días después de la entrega de la primera carta a las autoridades, comenzó el carrusel de declaraciones de funcionarios y congresistas estadounidenses. Hasta el 10 de noviembre, se habían producido varias intervenciones públicas desde Washington o Florida con todo tipo de demandas y amenazas a las autoridades de la isla. Antes de estas marchas, no se ha visto obsesión semejante con ningún otro tema de la política interna estadounidense.

Este 16 de octubre, el vocero del Departamento de Estado, Ned Price, emitió una declaración condenando la negación del permiso para la marcha por parte del Gobierno de Cuba. Mientras tanto, el senador Marco Rubio celebró la operación un poco después de circular la noticia, mientras un par de asesores principales de Biden han amenazado con más sanciones al Gobierno de Cuba.

Por si fuera poco, el dinero llueve. En septiembre de 2021, el Gobierno demócrata entregó casi 7 millones de dólares a 12 organizaciones que publicitan a diario la “marcha cívica por el cambio” en Cuba, en lo que analistas ven la mano peluda de las “revoluciones de colores” exportadas por Occidente a la periferia rusa.

Además de apoyo “moral”, político y financiero, los diplomáticos estadounidenses ofrecen soporte logístico, dan palmaditas en la espalda y de vez en cuando hacen de chofer de los “opositores”. Lo único que falta en términos de injerencia es un espectáculo como el de la subsecretaria de Estado estadounidense, Victoria Nuland, que repartió galletas y bocaditos a los manifestantes antigubernamentales en plena Plaza Maidan, de Ucrania, en 2014.

La marcha no está desconectada de otros procesos

La marcha es sólo un episodio de una estrategia más integral y abarcadora. El Gobierno de Biden ha interpretado que el efecto combinado de la pandemia, la crisis global y el bloqueo económico – más las 243 medidas adicionales impuestas por Donald Trump – ofrece condiciones excepcionales para golpear a Cuba. No necesita a sus espías para darse cuenta de que hay más filas, inflación y desabastecimiento en un país que lleva 60 años gestionando la escasez, pero debe saber también que la marcha no tiene acompañamiento popular. Cuba está regresando a la normalidad y con ello, a la apertura de los vuelos, al encuentro de familias que no se han visto en dos años, al regreso de los estudiantes a las escuelas y a la reanimación de la economía nacional y doméstica.

El grupo que organiza la marcha no es pacífico

El grupo privado de Facebook que aparece como organizador de la marcha Archipiélago, es cualquier cosa menos moderado. De cada 10 publicaciones, ocho recurren a la violencia simbólica y a la descalificación política de quienes defienden el proyecto socialista o celebran algún éxito social en Cuba. El debate en estos espacios no es para modificar opiniones, sino para agitar prejuicios, instalar el odio entre cubanos como fuente excluyente de legitimidad de un Gobierno que ha conducido al país en condiciones muy difíciles.

El repertorio es un macartismo desenfrenado y un desmesurado impulso a la estigmatización que son prácticas comunicativas muy comunes en el clima político actual de EE. UU., pero ajenas al escenario político, cultural e idiosincrático de los cubanos. Según Reuters, el 10 de noviembre Bruno Rodríguez aseguró que Facebook podría ser demandado por apoyar el “movimiento disidente” en Cuba.

La marcha no es sincrónica

Se habla de la sincronización de las marchas dentro y fuera de Cuba para promover el cambio. Pero no hay tal cosa. En Cuba, definitivamente no hay ambiente de marcha, mientras los organizadores de Florida hablan de la participación de un centenar de ciudades convocadas para el 15 de noviembre, sin precisar la cantidad de personas que lo hará.

En realidad, los dispuestos a este tipo de zafarrancho anticastrista suelen ser pocos numéricamente, pero eso no importa. Un solo individuo, el 30 de abril de 2020, atacó a tiros con un arma de asalto a la embajada de Cuba en Washington, en una calle céntrica de esa ciudad, recordaba el canciller. En la noche del 26 de julio, otros llaneros solitarios lanzaron un cóctel molotov contra la embajada de Cuba en París.

No es lo que dicen

El fantasma conservador que recorre el mundo y llega a Cuba no es lo que parece ni lo que se ve a simple vista. Detrás del mantra de la “marcha no violenta” está la larga sombra del reaccionario de toda la vida que combina ahora el ultraliberalismo económico, la moral conservadora, los conceptos vacíos y el uso creativo de las redes sociales. Sueña con merendarse la Revolución Cubana a más tardar el próximo 15 de noviembre, al tiempo que deja en suspenso un interrogante moral. ¿Cómo es posible que se hable de protesta cívica, pacífica e independiente, con Washington lubricando el camino de amenazas y solares?

Este artículo fue producido para Globetrotter y publicado primero en La Jornada.

Rosa Miriam Elizalde es una periodista cubana y fundadora de Cubadebate. Es vicepresidenta de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP). Es autora y coautora de varios libros, incluyendo Jineteros en La Habana y Chávez Nuestro. Por su destacada labor, ha sido merecedora en varias ocasiones del Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez. Es columnista semanal de La Jornada, México.