El terrorismo contra Cuba es la política del estado de EE. UU.

Los agujeros de bala empalan la columna y la estatua de José Martí fuera de la Embajada de Cuba en Washington, D.C.

Estados Unidos ha sido el principal organizador y patrocinador del terrorismo en el mundo, desde su surgimiento como potencia con aspiraciones de hegemonía universal.

En el transcurso de la historia contemporánea, esa nación creó, estructuró y proporcionó apoyo de todo tipo a grupos paramilitares y terroristas confesos alrededor del orbe. También brindó asistencia a numerosos gobiernos dictatoriales que usaron el terror como herramienta de represión contra sus pueblos.

La guerra terrorista desatada contra Cuba fue concebida como política de Estado. La variedad de acciones militares, económicas, biológicas, diplomáticas, sicológicas, propagandísticas, de espionaje, la ejecución de actos de sabotaje y los intentos de liquidar físicamente a los líderes del proceso revolucionario, forman parte de una estrategia oficial creada y ejecutada desde la Casa Blanca para derrotar a la Revolución y detener la construcción del socialismo en la Isla.

Demasiadas son las evidencias que tantas veces se han repasado: el secuestro de aviones, que hasta 1959 no tenían precedentes en el mundo, fue un método ideado y utilizado precisamente por la cia en su programa de acciones terroristas a partir del triunfo de enero. Las cifras de 3 478 cubanos fallecidos y 2 099 incapacitados como víctimas de todos los planes violentos sobre la Mayor de las Antillas, muestran las graves consecuencias del flagelo.

Dos meses después de que el terrorista Alazo Baró disparara «a matar» contra la Embajada cubana en Washington, el silencio cómplice de la Casa Blanca sacó a la luz los engendros de un pasado aún cercano en el tiempo.

El espíritu que animó al mercenario y a sus titiriteros en Miami, nace de la política de tolerancia, complicidad e incentivación del odio que durante años permitió actuar con entera libertad a los Orlando Bosch, Posada Carriles y otros monstruos nacidos bajo la tutela del Gobierno.

Tanto la impunidad con que actúan los extremistas, como la reacción ausente de la administración de Donald Trump ante la gravedad de un asalto armado a una sede diplomática extranjera, responden silenciosamente la interrogante mayor: ¿Quién realmente patrocina al terrorismo?

Invariable, la respuesta de Cuba siempre tiene la misma altura, como estas que ofrece, a modo de lecciones, en medio de la crisis provocada por la covid-19, y al amparo ético del ideario martiano: «Aquellos donde se predique el odio, o la intolerancia, vénganse abajo en buen(a) hora: pero ¿templos? ahora se necesitan más que nunca, templos de amor y humanidad que desaten todo lo que en el hombre hay de generoso, y sujeten todo lo que en él, de crudo y vil».

Fuente: Granma